0
Your Cart
0
0,00 €
ESCRITOS (by) Nere Vibes
Esta es la primera vez que me abro así. La primera vez que pongo palabras a algo que he guardado durante años, quizá durante toda mi vida. Y no es fácil, porque cuando hablas de lo más profundo de tu experiencia, te expones sin filtros. Pero siento que ha llegado el momento.
Desde pequeña he sentido algo difícil de explicar. No era una idea clara ni una creencia definida. Era más bien una sensación. Como cuando sabes algo, pero no puedes demostrarlo. Una certeza silenciosa que vive en una capa muy profunda de tu interior. Crecí en una cultura cristiana, rodeada de una narrativa concreta sobre Dios, la vida y la muerte. Siempre he respetado esa tradición y a quienes la viven con fe verdadera. Pero dentro de mí sabía que esa historia no era mi camino. No me convencía la forma en la que estaba contada, ni muchas de sus bases. No resonaba. Y cuando algo no resuena, el alma lo sabe antes que la mente.
En cambio, desde muy joven, el budismo me atraía de una manera casi magnética. No lo entendía del todo, tenía apenas doce años, pero había algo en esa filosofía que me hablaba directamente. El amor hacia TODO SER VIVO. La visión del ecosistema como un todo interconectado. La idea de que cada acción tiene un impacto. Sentía que ahí había una profundidad distinta, una manera más amplia de entender la existencia. Antes incluso de los doce, ya había algo en mí que decía: “Aquí hay verdad”. No sabía explicarlo, no tenía herramientas para profundizar, y tampoco era un tema del que hablaran niñas de esa edad. Pero esa información estaba ahí, como una luz en el tablero del coche que sabes que está encendida aunque nunca te detengas a mirar qué significa.
Lo más desconcertante era la sensación de antigüedad interior. Tenía cuerpo de niña, vivía como una niña, pero en una capa muy profunda de mi sentir había algo que no tenía doce años. Algo que parecía mucho más antiguo. Como si dentro de mí existiera una memoria que no correspondía a esta vida. No lo veía con claridad, no lo comprendía, pero lo sentía. Era como un botón de emergencia que sabes que existe aunque todavía no sepas para qué sirve.
Con el paso del tiempo, esa sensación tomó forma simbólica. Cuando cierro los ojos, siempre he visto algo parecido a la energía de un sabio antiguo. Una presencia que podría describir como Merlín, como Gandalf, como Dumbledore. Sé que suena extraño decirlo así, pero es la imagen que mejor lo representa. Una ENERGÍA FUERTE, MASCULINA, ANTIGUA. Durante años pensé que quizá por eso mi energía masculina en esta vida era tan intensa, incluso ruda en algunos momentos. Es una conclusión que he ido elaborando con el tiempo, intentando entender esa fuerza que siempre me ha acompañado. Porque lo único que sé con certeza es que esa energía ha sido mi guía silenciosa, aunque mi cuerpo físico sea el de una mujer.
Todo empezó a encajar de una manera más clara cuando llegó a mis manos el libro de BRIAN WEISS, MUCHAS VIDAS, MUCHOS MAESTROS. No lo estaba buscando activamente, simplemente apareció. Y cuando lo leí, algo explotó dentro de mí. No me pareció fantasioso ni descabellado. Al contrario. Me pareció lógico. Me pareció familiar. Como si alguien estuviera poniendo palabras a sensaciones que yo había tenido desde siempre. Fue como si aquella luz del coche empezara a brillar con mucha más intensidad, como diciendo: “Ahora sí. Ahora míralo”.
Después de leer ese libro comenzaron a suceder cosas. Y hay una experiencia que jamás había contado, que guardé en silencio durante años porque incluso a mí me costaba integrarla.
Una noche estaba en mi cama con mi perro. Aún vivía con mis padres. Estaba viendo una serie y, como hacía muchas veces antes de dormir, comencé a practicar ejercicios de meditación y percepción. Me gustaba enfocar y desenfocar la mirada, expandir el campo visual, calmar el sistema nervioso. Eran prácticas que más adelante comprendería como claves en mi crecimiento energético.
Y entonces ocurrió.
En el lado derecho de mi cuerpo apareció una FIGURA DE LUZ. No era una sombra ni un reflejo. No era una bola difusa. Tenía forma de cuerpo. Podía verla con los ojos abiertos. Y lo más sorprendente es que no sentí miedo. No me moví. Me quedé mirándola con una mezcla de asombro y serenidad. Sentía una ENERGÍA MASCULINA INCREÍBLEMENTE PODEROSA, distinta a cualquier energía humana que hubiera sentido antes. No era comparable a nada en este plano. Era otra cosa.
La figura permanecía quieta, observándonos.
En un momento decidí mirar a mi perro. Y ahí fue cuando algo dentro de mí se estremeció. Él estaba rígido, tenso, mirando de reojo exactamente hacia el mismo punto. Como cuando los perros perciben algo que no comprenden. Nos miramos como si ambos supiéramos que estaba ocurriendo algo fuera de lo habitual. Intentó salir del cuarto, y yo, medio en broma medio en serio, lo sujeté diciendo que no me dejara sola allí.
La figura no se movió. No habló. No transmitió un mensaje claro. Solo estaba. Y, sin embargo, sentí profundamente que había venido por mí. Días después comenzó uno de los procesos más intensos de despertar espiritual que he vivido. No fue un evento puntual, fue el inicio de un camino largo que, a día de hoy, agradezco profundamente. Desde entonces no he vuelto a ver nada similar. Nunca más. Pero si cierro los ojos, puedo sentir esa presencia como si el momento estuviera ocurriendo ahora mismo.
Con el paso de los años, todas esas piezas —la sensación infantil, la atracción por la reencarnación, el libro, la experiencia— han ido construyendo una reflexión que hoy actúa como mi brújula.
Creo que hemos viajado por diferentes dimensiones. Que quizá vivimos múltiples experiencias al mismo tiempo en universos distintos. Que el cuerpo físico es una especie de cárcel preciosa: limitante, sí, pero diseñada para enseñarnos exactamente lo que necesitamos aprender. El avatar tiene tiempo limitado. El alma, no. Puede que existan seres que nos observen, puede que la materia sea solo una fracción mínima de lo que realmente somos. Porque la ENERGÍA no tiene una sola forma; tiene infinitas.
Y si algo he comprendido en todo este viaje es que lo importante no es quién somos físicamente, ni lo que acumulamos para alimentar el ego, ni los logros externos que nos dan una identidad. Lo verdaderamente importante es qué descubrimos de nosotros mismos en esta experiencia. Cómo usamos el tiempo. Cómo profundizamos en nuestra ESENCIA.
Al final, después de todo, solo sé una cosa con absoluta honestidad:
No sé nada.
Y quizá esa es la puerta más honesta hacia la verdad
Gracias por estar aquí.
Gracias por leerme, por sentir conmigo y por acompañarme en este comienzo. Si algo de todo esto resuena contigo, quizás es porque tu alma también está recordando su propia magia.
Con cariño,
Nerea Celaya
¿quieres recibir mis escritos a tu correo?
/ REFLEXIONES
/ CUERPO & ALMA
/ CAMINO
/ RETIROS
/ NOVEDADES
Mis guías para
volver a ti
/ 001
/ 002
Guías que he escrito para acompañarte en distintas fases de tu camino. Pequeños refugios para grandes procesos.