0
Your Cart
0
0,00 €
ESCRITOS (by) Nere Vibes
Y la verdad es que no ha sido por falta de cosas que contar.
Ha sido precisamente por lo contrario.
Durante este tiempo he vivido experiencias, conversaciones y sesiones que me han obligado a detenerme y observar antes de intentar sacar conclusiones.
He necesitado silencio.
He necesitado distancia.
Y, sobre todo, he necesitado volver a conectar con lo cotidiano.
Porque cuando pasas años explorando la conciencia, la energía y la mente humana, llega un momento en el que también necesitas recordar que estás aquí.
En esta vida.
En este cuerpo.
En esta experiencia humana.
Siempre he sido una persona tremendamente curiosa.
Me apasiona observar, investigar y cuestionar aquello que damos por sentado.
Y quizás por eso llevo tantos años explorando temas relacionados con la conciencia, la percepción, los estados alterados de conciencia, la relación entre mente y cuerpo o las experiencias cercanas a la muerte.
Sin embargo, cuanto más profundizo en estos temas, menos me interesan las respuestas rápidas.
Porque la realidad rara vez parece tan simple como nos gustaría.
Durante estos meses también he vuelto a sumergirme en historias que me han acompañado durante años.
Matrix.
Doctor Strange.
Stranger Things.
Rick y Morty.
The Midnight Gospel.
No porque crea que contienen verdades absolutas.
Sino porque son obras que plantean preguntas interesantes sobre la identidad, la percepción, la realidad y la conciencia.
Y cada vez que vuelvo a ellas descubro algo diferente.
Quizás porque ellas no han cambiado.
Pero yo sí.
Lo más importante que me llevo de todo este tiempo no son las respuestas.
He aprendido a convivir con las preguntas.
A observar sin necesidad de concluir inmediatamente.
A aceptar que existen experiencias que todavía no comprendo del todo.
Y precisamente por eso vuelvo a escribir.
Porque siento que ha llegado el momento de compartir algunas de las experiencias que más han transformado mi forma de entender la realidad.
NO PARA CONVENCER A NADIE.
No para que adoptes mis conclusiones.
Sino para abrir una conversación que llevo años teniendo conmigo misma.
Una conversación sobre quiénes somos, qué percibimos realmente y cuánto queda todavía por descubrir.
A lo largo de estos años he aprendido algo que me sigue sorprendiendo.
Las experiencias que más me han marcado no han sido necesariamente las más espectaculares.
Han sido aquellas que han dejado preguntas para las que todavía no tengo una respuesta clara.
Porque una cosa es leer sobre conciencia, energía o percepción.
Y otra muy distinta es encontrarte frente a situaciones que desafían tu propia forma de entender el mundo.
Muchas de las experiencias que voy a compartir en los próximos escritos son precisamente eso.
Momentos que me obligaron a detenerme.
A observar.
Y a admitir que quizás todavía comprendemos mucho menos de lo que creemos sobre la mente humana y sobre nuestra capacidad de percibir.
Algunas personas encontrarán explicaciones psicológicas.
Otras energéticas.
Otras pensarán que son simples coincidencias.
Y, sinceramente, creo que cada uno debe sacar sus propias conclusiones.
Yo únicamente puedo compartir lo que viví.
Lo que observé.
Y las preguntas que aquellas experiencias dejaron en mí.
La primera de ellas ocurrió durante una sesión aparentemente normal.
Y todavía hoy sigue siendo una de las que más me hace reflexionar.
Recuerdo perfectamente aquella sesión porque hubo algo que no conseguía quitarme de la cabeza.
Desde el principio percibía una incomodidad muy concreta relacionada con el trabajo de aquella chica.
Era una sensación insistente.
Como si hubiese tensión.
Como si existiera un enfado contenido o una situación incómoda que todavía no había salido a la superficie.
Le pregunté varias veces cómo estaba en el trabajo.
Y siempre me respondía lo mismo.
Que todo iba bien.
Que estaba contenta.
Que no tenía ningún problema con nadie.
Sin embargo, aquella sensación seguía ahí.
Y cuanto más avanzaba la sesión, más concreta se volvía.
Hasta que empezó a aparecer una imagen muy clara en mi mente.
La imagen de un hombre.
Recuerdo incluso detalles físicos bastante concretos.
La altura.
El pelo.
Su presencia.
Y la sensación de que aquella persona estaba relacionada, de alguna manera, con la incomodidad que estaba percibiendo.
Le pregunté directamente:
—¿Hay algún hombre en tu entorno laboral con estas características?
Su respuesta fue inmediata:
—No.
De hecho, en mi área somos todo mujeres.
Recuerdo que aquello me dejó completamente descolocada.
Porque normalmente, cuando percibo algo tan concreto, suele haber algún elemento que lo relacione con la realidad de la persona.
Pero en aquel momento no había nada.
Absolutamente nada.
Así que decidí dejarlo estar.
Tomé nota mentalmente y continuamos con la sesión.
Dos semanas después volvimos a vernos.
Y entonces ocurrió algo que todavía hoy me sigue haciendo reflexionar.
Mientras hablábamos me acordé de aquella imagen y le pregunté si había ocurrido algo nuevo en el trabajo.
Y entonces me dijo algo que no esperaba.
El día anterior había empezado un profesor nuevo.
Cuando comenzó a describirlo sentí cómo se me erizaba la piel.
Coincidía exactamente con la persona que había aparecido en mi mente dos semanas antes.
La misma altura.
Las mismas características.
La misma sensación que había percibido durante aquella primera sesión.
Lo curioso es que cuando apareció por primera vez en mi percepción, aquella persona ni siquiera formaba parte de su entorno laboral.
Todavía no estaba allí.
Y sinceramente, experiencias como esta son las que me han obligado a replantearme muchas veces qué es exactamente aquello que percibimos durante ciertos estados de conciencia.
Porque cuanto más vivo situaciones así, menos me atrevo a afirmar que entiendo realmente cómo funciona todo esto.
Durante mucho tiempo pensé que experiencias como aquella eran lo más extraño que podía llegar a encontrarme.
Situaciones difíciles de explicar.
Coincidencias demasiado precisas.
Información que aparecía antes de que existiera una explicación lógica para ella.
Pero con el tiempo llegaron experiencias que fueron mucho más allá.
Experiencias que no solo me hicieron cuestionar qué percibimos.
Sino también qué es exactamente aquello que percibimos.
Porque hay una diferencia enorme entre recibir información.
Y sentir que estás observando algo directamente.
Lo que voy a contar a continuación es probablemente una de las experiencias más impactantes que he vivido en todos estos años trabajando con personas.
Y también una de las más difíciles de explicar.
Todavía hoy, cuando la recuerdo, sigo sintiendo la misma mezcla de fascinación, respeto y preguntas que sentí aquel día.
Aquella chica llegó a sesión completamente agotada.
Llevaba días con un dolor de cabeza constante que no desaparecía con nada.
Se sentía cansada, irritable y sin energía.
Como si estuviera arrastrando un peso que ni siquiera sabía identificar.
Desde el primer momento percibí algo que me llamó la atención.
No era simplemente cansancio.
No era únicamente una emoción bloqueada.
Había una densidad muy concreta alrededor de ella.
Una sensación pesada, incómoda y, sobre todo, algo dentro de mí insistía en que aquello no le pertenecía.
Como hago habitualmente, la guié hacia un estado profundo de relajación y conciencia.
Un espacio interno que muchas personas describen como un lugar seguro.
Un espacio donde suelen aparecer imágenes, símbolos, emociones y aspectos de sí mismas que normalmente permanecen ocultos.
Hasta aquí nada era especialmente extraño.
Lo que ocurrió después fue otra cosa.
Mientras ella comenzaba a describir aquello que veía, yo empecé a percibir exactamente el mismo entorno.
Los mismos espacios.
Los mismos elementos.
Los mismos detalles.
Y fue ahí cuando algo dentro de mí empezó a activarse.
Necesitaba saber si aquello que yo estaba percibiendo era realmente lo mismo que ella estaba viendo.
No quería influir en su experiencia.
No quería sugerir imágenes.
No quería que repitiera algo porque yo lo hubiera dicho antes.
Por eso, en varios momentos de la sesión, le pedí que no me describiera ciertos detalles.
Prefería hablar yo primero.
Y comprobar después si aquello coincidía con lo que ella estaba observando.
Lo que ocurrió fue lo que me dejó completamente desconcertada.
Una y otra vez.
Detalle tras detalle.
La información coincidía.
Yo describía lugares concretos.
Elementos específicos.
Sensaciones.
Y ella me confirmaba que era exactamente aquello que estaba viendo en ese mismo instante.
NO ALGO PARECIDO.
EXACTAMENTE LO MISMO.
Recuerdo que cuanto más avanzaba la sesión, más necesidad tenía de seguir comprobándolo.
Porque ni siquiera yo terminaba de creer lo que estaba ocurriendo.
Una parte de mí necesitaba verificar constantemente que aquello no era imaginación.
Que no era una interpretación.
Que no era una proyección mía sobre su experiencia.
Y precisamente por eso seguí observando.
Seguí contrastando.
Seguí comprobando.
Hasta que llegó un punto en el que las coincidencias eran demasiado específicas para ignorarlas.
Fue entonces cuando percibí algo más.
Algo que no parecía formar parte de aquel espacio.
Recuerdo especialmente una zona situada detrás de ella.
Un bosque.
Y una sensación muy clara de que algo permanecía oculto allí.
Algo que evitaba ser observado directamente.
Le pedí que dirigiera su atención hacia ese lugar.
Que observara con calma.
Sin miedo.
Sin intentar interpretar nada.
Simplemente observando.
Al poco tiempo me confirmó que efectivamente había algo escondido entre los árboles.
Y fue entonces cuando la experiencia dio un giro todavía más extraño.
Le pedí nuevamente que no me describiera lo que estaba viendo.
Necesitaba comprobar si aquello también coincidía.
Así que fui yo quien comenzó a describirlo.
La forma.
La posición.
La sensación que transmitía.
Y, una vez más, ella confirmaba que era exactamente aquello que estaba observando.
No algo parecido.
Exactamente lo mismo.
Sin embargo, había algo que me llamaba especialmente la atención.
Aquello no parecía mostrarse tal y como era.
La apariencia que presentaba resultaba extrañamente familiar.
Casi aceptable.
Como si estuviera diseñada para pasar desapercibida.
Como si quisiera ser reconocida como algo normal.
Y lo más interesante fue que no fui la única en percibirlo.
La propia chica comenzó a sentir que algo no encajaba.
Que aquello parecía estar ocultando algo.
Como si estuviera disfrazado.
Como si la imagen que mostraba no fuese realmente su verdadera naturaleza.
Desde mi experiencia, esto es algo que he observado más veces de las que podría contar.
Aquello que nos limita rara vez se presenta mostrando claramente lo que es.
Se oculta.
Se adapta.
Se camufla bajo algo que la mente acepta con facilidad.
Algo familiar.
Algo que no genera sospechas.
Le pedí entonces que observara más profundamente.
Que dejara de aceptar la primera apariencia.
Que cuestionara aquello que estaba viendo.
Y fue en ese momento cuando todo cambió.
La sensación cambió.
La energía cambió.
Y la imagen también.
Lo que apareció después era completamente distinto.
Mucho más intenso.
Mucho más desagradable.
Y completamente diferente a cualquier cosa que ella hubiera visto anteriormente en sus procesos internos.
Pero lo más importante no fue aquello que apareció.
Fue lo que ocurrió después.
Porque en ese momento dejó de observar desde el miedo.
Dejó de sentirse pequeña frente a aquello que estaba percibiendo y con unas técnicas que le enseñe para hacer desaparecer esa energía, SI, con la MENTE.
Empezó a recordar algo que, con frecuencia, olvidamos.
Que nuestro mundo interior también nos pertenece.
Que tenemos más capacidad de decisión de la que creemos.
Y que muchas veces aquello que parece dominarnos empieza a perder fuerza en el instante en que dejamos de entregarle nuestro poder.
La transformación fue inmediata.
La presión desapareció.
La sensación de agotamiento desapareció.
Y también lo hizo el dolor de cabeza con el que había llegado a la sesión.
Recuerdo perfectamente lo que me dijo al terminar.
«Nerea… no me duele la cabeza.»
Aquella frase se me quedó grabada.
No porque demostrara nada.
No porque me diera respuestas.
Sino porque volvió a recordarme algo que he aprendido una y otra vez durante estos años:
Que todavía comprendemos mucho menos de lo que creemos sobre la conciencia, la percepción y nuestra capacidad de transformación.
Y quizás ahora entiendas mejor por qué he necesitado tanto tiempo antes de volver a escribir.
Porque cuando vives experiencias así de forma repetida, llega un momento en el que necesitas parar.
Respirar.
Volver a las cosas sencillas.
A caminar.
A reír.
A disfrutar de una conversación normal.
A recordar que también estás aquí.
Viviendo una experiencia humana.
Porque, aunque sigo sintiendo la misma curiosidad que me llevó a empezar este camino, también he aprendido algo importante:
No todo consiste en mirar más lejos.
A veces también hay que volver.
Volver al cuerpo.
Volver a la tierra.
Volver a la vida cotidiana.
No sé exactamente qué son muchas de las cosas que he vivido.
No sé hasta dónde llegan realmente nuestras capacidades.
Y tampoco sé cuántas de las respuestas que creemos tener hoy seguirán siendo válidas dentro de diez años.
Lo que sí sé es que la realidad continúa sorprendiéndome.
Y que sigo sintiendo el mismo deseo de explorar, observar y aprender.
Por eso vuelvo a escribir.
NO PORQUE TENGA RESPUESTAS.
Sino porque he aprendido a convivir con las preguntas.
Y porque sospecho que todavía quedan muchos más misterios de los que imaginamos.
Gracias por estar aquí.
Gracias por leerme, por sentir conmigo y por acompañarme en este comienzo. Si algo de todo esto resuena contigo, quizás es porque tu alma también está recordando su propia magia.
Con cariño,
Nerea Celaya
¿quieres recibir mis escritos a tu correo?
/ REFLEXIONES
/ CUERPO & ALMA
/ CAMINO
/ RETIROS
/ NOVEDADES
Mis guías para
volver a ti
/ 001
/ 002
Guías que he escrito para acompañarte en distintas fases de tu camino. Pequeños refugios para grandes procesos.